En Honduras, se estima que hay más de 1.7 millones de niños menores de 8 años, y aproximadamente 17,800 podrían presentar indicios de autismo; sin embargo, la mayoría no cuenta con un diagnóstico debido a la escasez de recursos y la limitada disponibilidad de especialistas.
San Pedro Sula, Honduras
Durante 17 años, Erits Madrid tocó las puertas de numerosas instituciones educativas, tanto públicas como privadas, intentando matricular a su hijo. En la mayoría, recibió una negativa.
Muchas veces enfrentó el escarnio y la exclusión, y en repetidas ocasiones no encontró de manera pronta ni oportuna la orientación necesaria para que atendieran a su niño.
Madrid, ingeniero civil de San Pedro Sula, asegura que “tener un hijo autista es una de las situaciones más difíciles que puede vivir una familia en Honduras, debido a la escasez de instituciones especializadas y a la discriminación que sufren tanto los niños como los padres por parte de la sociedad”.
“Nadie me lo tiene que contar. En las escuelas ponen mil excusas para no aceptar a un niño con autismo. En San Pedro Sula tenemos el Instituto Municipal de Educación Especial (Imdee), pero no siempre hay cupo porque atienden a menores con distintos diagnósticos. Como no hay instituciones estatales suficientes, una familia debe gastar alrededor de L5,000 mensuales en terapias y medicinas. Y eso sin contar los exámenes y otros gastos. Para cualquier hogar, ese es un gasto muy fuerte”, señala.
Al hijo de Madrid le diagnosticaron trastorno del espectro autista (TEA) a los dos años, poco después de que notaron que no hablaba y, aunque se golpeara, no lloraba.
Desde entonces, comenzó un largo camino de visitas a terapeutas del lenguaje, psiquiatras, neurólogos y la realización de decenas de exámenes, entre ellos resonancias magnéticas.
El trastorno del espectro autista es una afección relacionada con el desarrollo del cerebro que afecta la manera en la que una persona percibe y socializa con otras personas, lo que causa problemas en la interacción social y la comunicación. El trastorno también comprende patrones de conducta restringidos y repetitivos.
Los niños no logran un diagnóstico temprano por limitaciones económicas
En Honduras, dado a las limitaciones del sistema público de salud, para muchas familias obtener un diagnóstico temprano es un privilegio reservado a quienes pueden pagar consultas privadas en consultorios de psicólogos, psiquiatras y neurólogos.
Sandy Martínez, psicóloga clínica especializada en terapia del lenguaje, advierte que “la necesidad más urgente en el país es el acceso temprano, continuo y especializado a intervenciones psicoterapéuticas educativas y personalizadas.
La mayoría de los niños con autismo en Honduras reciben diagnósticos tardíos y no cuentan con un tratamiento adecuado, lo cual afecta gravemente su desarrollo. La intervención temprana es clave para trabajar habilidades de autorregulación, interacción social, lenguaje, emociones y conducta, con el fin de que puedan mejorar y superar los retos que enfrentan”.
Los padres suelen notar señales entre los 18 meses y los tres años, una etapa clave para la detección. Pero el diagnóstico muchas veces llega mucho más tarde. Son pocos los que lo reciben a tiempo. ¿Qué lo impide? La desinformación, los mitos culturales y las barreras económicas. Muchos no pueden acceder ni a un psicólogo ni a un neurólogo”, concluye.
El diagnóstico tardío no es el único obstáculo, pues una vez identificado el trastorno, las opciones terapéuticas son escasas. Solo dos hospitales públicos en Tegucigalpa y San Pedro Sula cuentan con unidades especializadas para atender a niños con TEA, pero siempre están saturadas.
En zonas rurales, la situación es aún más crítica, como en Intibucá, Gracias a Dios o Colón, donde no tienen acceso a psicólogos ni terapeutas del habla con formación en autismo.
Otra de las necesidades prioritarias de los niños autistas es «el apoyo emocional y social: realmente necesitan un ambiente educativo inclusivo y adecuadamente preparado. En Honduras, muchos centros educativos no cuentan con las condiciones necesarias para trabajar con niños dentro del espectro. Esto representa una gran dificultad. El apoyo familiar es fundamental», de acuerdo con Martínez.
Aunque la Ley Fundamental de Educación promueve la inclusión, en la práctica pocas escuelas públicas están preparadas para recibir a estudiantes con autismo.
Muchas maestras carecen de formación en neurodiversidad y, como consecuencia, terminan sugiriendo a los padres que retiren a sus hijos del sistema escolar.
Las necesidades de cada niño varía de acuerdo con su diagnóstico. Martínez señala que existen distintas manifestaciones, clasificadas en tres niveles según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, DSM-5: el nivel 1, que requiere apoyo, se caracteriza por dificultades en la interacción social; la persona puede comunicarse verbalmente, aunque con rigidez, y desenvolverse en entornos estructurados.
El nivel 2, que requiere apoyo sustancial, presenta notorias dificultades en la comunicación verbal y no verbal, conductas repetitivas y resistencia al cambio; y el nivel 3, que requiere apoyo muy sustancial, incluye una comunicación muy limitada o ausente, comportamientos repetitivos (a veces autolesivos), escasa respuesta social y necesidad permanente de acompañamiento.

