TEGUCIGALPA. El hemiciclo legislativo de Honduras se transformó ayer en un púlpito de confrontación dialéctica. Lo que inició como el debate de una moción para implementar la lectura de las Sagradas Escrituras en los centros educativos públicos, culminó en un intercambio de artillería pesada donde la fe fue el escudo y la «doble moral» el proyectil.
En un país donde la religión permea la fibra social, los diputados no solo aprobaron la iniciativa, sino que se enzarzaron en una disputa por definir quién es el verdadero depositario de los valores cristianos.
La sesión, cargada de una retórica que osciló entre lo solemne y lo visceral, tuvo como protagonistas a representantes de las principales fuerzas políticas, quienes utilizaron pasajes bíblicos para legitimar sus posturas y, de paso, recordar los «pecados» del adversario.
La bancada del Partido Nacional defendió la propuesta recordando sus raíces cristianas y lanzando dardos hacia el pasado inmediato del gobierno anterior, sugiriendo la presencia de influencias «oscuras» y ateísmo en la administración pública.
Sin embargo, la respuesta del Partido Libertad y Refundación (Libre) fue tajante. Diputados como Sergio Castellanos y Fabricio Sandoval no solo respaldaron la lectura del texto sagrado, sino que exigieron coherencia. El centro del debate se desplazó de la pedagogía a la praxis: ¿De qué sirve leer la Biblia si se utiliza para oprimir o para encubrir la corrupción? La narrativa de Libre se enfocó en desmantelar la «matriz mediática» que los tilda de irreligiosos, presentando sus propias historias de vida como testimonio de fe.
Desarrollo: De la letra muerta a la justicia social
El diputado del Partido Nacional inició con un tono nostálgico y crítico, felicitando la iniciativa bajo el amparo de Proverbios 22:6: «Instruye al niño en su camino y aunque fuese viejo no se apartará de él». No obstante, su discurso rápidamente tornó hacia la polarización, acusando al gobierno anterior de haber llevado «chamanes y brujos» a la Casa Presidencial y señalando a exfuncionarios de educación por declararse públicamente ateos. Para el nacionalismo, la Biblia es el antídoto contra lo que consideran una degradación moral de la educación hondureña.
La réplica de Sergio Castellanos (Libre) no se hizo esperar, elevando el tono con una advertencia sobre el falso testimonio. Castellanos fue incisivo al señalar que, si bien están de acuerdo con la lectura bíblica, el verdadero reto es su práctica.
«Parece que no han expulsado de adentro de sí algunos de los demonios que los han acompañado siempre», sentenció, en una clara alusión a las gestiones pasadas. Su argumento se sostuvo en la premisa de que Dios es «verbo, no sustantivo», instando a que los Diez Mandamientos, especialmente el «no robarás», se apliquen primero dentro del mismo Congreso.
Por su parte, el diputado Fabricio Sandoval, representante de Valle, aportó un matiz personal y emotivo a la discusión. Sandoval rechazó las etiquetas de ateísmo impuestas a su bancada, autodefiniéndose como un «producto de Dios».
Recordó sus orígenes humildes vendiendo pepsi en el mercado y cómo su fe lo impulsó hasta su curul actual. Con ello, buscó humanizar la ideología de Libre, ligándola a la superación personal y la gratitud divina, alejándola de los estigmas religiosos que la oposición suele utilizar en su contra.
Finalmente, tras un debate donde los salmos se mezclaron con las acusaciones de corrupción, la moción fue aprobada. Las escuelas públicas de Honduras ahora enfrentan el reto de integrar la lectura bíblica en su currículo, mientras la clase política queda bajo la lupa de una sociedad que, más allá de los versículos recitados en el Congreso, demanda que la ética de los «padres de la patria» sea tan santa como el libro que ahora promueven.

